lunes, 17 de diciembre de 2007

Roru (VI)


He estado atravezando un período de tiempo en donde mi voluntad parece ser propiedad de un tercero, desconocido, ajeno, que intenta menoscabarme, que me abandona, me deja. En estas épocas de oscuridad sospecho que uno no es dueño de nada, que sólo se es un mecanismo de otro, un sistema, cierto instrumento que se deja olvidado por aquel que, en rigor, es su verdadero dueño, innecesario de momento, así como nosotros dejamos en un estante un tarro de pintura, un pincel, tornillos en un frasquito de plástico, hasta la próxima vez que necesitemos de todo eso, quizá mañana, quizá nunca jamás. El lugar común del blog personal es éste: hablar tonterías de uno mismo, lamentarse, creerse desdichado. Yo he evitado hasta ahora cuidadosamente caer en él. Lo siento. He tropezado. Cada tanto sufro depresiones. De niño pensaba que serían temporales, de adolescente, medianamente recurrentes, de adulto, comprendo que son parte de mi vida, que no se irán más, por el contrario, hasta es posible que se asentúen, acaparando cada vez mayores espacios de mi vida hasta convertirme un un infeliz de tiempo completo, incapaz de disfrutar la alegría, dedicado sólo a la selección involuntaria de todo lo que es horrible en este mundo, masullándolo en voz baja como un loco mientras camino por la calle. En fin, he notado que hablo solo, como esa gente que uno tilda de inadaptada, o drogada, cuando se la cruza en la vereda un domingo de sol. Yo algún día fui parte de la obediente comunidad del mundo, me sentía aliviado cuando veía tales desvaríos en los otros; al encontrarme un linyera, un andrajoso, un pordiosero, me veía claramente del lado correcto de la existencia; qué suerte, pensaba, que yo no sea aquél, ése que está sucio, o solo, divagando en una esquina, gritándole incoherencias a la gente que pasa, durmiendo en cualquier parte. Ahora, en cambio, cada vez que encuentro a uno de esos pobres tipos, de alguna manera me veo reflejado en ellos en un angustiante futuro. Y le digo a mi mujer, así, como quien no quiere la cosa, mirá, ese soy yo algunos años adelante. Y ella cree que estoy haciendo chistes, mientras conduzco mi auto de treinta mil dólares hasta la casa de fin de semana. De a poco, lo sé, he empezado a disimular mi progresiva inadaptación al mundo, me he creado un disfraz de coherencia, en tanto mi mente se va, viaja, me abandona, reniega de esta carne que sigue andando sola, un cuerpo que obedece el surco de la costumbre, la incercia, órganos que procesan fluídos, sintetizan proteínas, válvulas que echan fuera la podredumbre sobrante en forma de mierda. Cuántos cuerpos andarán así por el mundo, automáticos, cumpliendo al pie de la letra sus funciones vitales, concretos, pura materia, pura necesidad, pura demanda. Qué cosa horrible es sentirse solo carne. Ser Consciente que alguna vez uno amó, lloró por alguien, desesperó ante una mirada, disfrutó un solo acorde de una canción, temió a dios, cerró un libro sintiéndose incapaz de soportar tanta belleza y mirá, ahora, de pronto, dónde fue que me estafaron, cuando dejé de serme fiel, en qué momento me vendí. Y a quién. ¿O será ese tercero que nos maneja, utilizándonos para sus misteriosos planes, dándonos o quitándonos la voluntad, el responsable de nuestros incalculables destinos?

martes, 9 de octubre de 2007

El diario (II)

15 de septiembre, 1976



Hay un grano que ha de ser el nodrizo, el padre, la directriz de todos los demás. Es la cabeza de Goliat, una suerte de monstruo hospedado en mi propio cuerpo, cuyas hipóstasis subcutáneas se extienden hacia las más lejanas fronteras de mi ser. Está sobre el flanco derecho del ano; una protuberancia pseudocircular parapetada en el nacimiento interior de una nalga, de tres centímetros de diámetro, verde oscura en los bordes, más amarilla arribado su epicentro, que supura una substancia viscosa, gomosa, también amarilla; y que en virtud de la mínima presión erupciona y empapa, encera, barniza, vomitando ese moco tibio sobre la región anal y todo su suburbio. Luego se seca y ahí queda, adherida a la piel y a la tela del calzoncillo, el cual debe despegarse con muchísimo cuidado al final de cada día mediante agua en extremo caliente. Es un grano escondido, resguardado y secreto. Para verlo debo muñirme a un mecanismo de espejos, un aparato que ideé con el único propósito de comprenderlo, a él, Goliat, subsistir y crecer, resistiéndolo al doctor Cornetti, mi médico, quién no entiende cómo el grano aún no claudica en su existir, pese a la batería de remedios que yo ingiero diariamente. Hace dos años que está ahí, quedo, callado, profundo, sereno. Piensa; teje estrategias; se comunica subcutaneamente con sus ejércitos; funda puestos de avanzada; construye trincheras, coloniza, subyuga, doblega. Vastas regiones de mi geografía ya son suyas: hay otros seres como él, más pequeños, que han arremetido aquí y allí, conquistando piernas y brazos, muslos y cuello; la espalda también, antes vírgen, hoy es tierra fértil para ellos. En pocas palabras: los granos me han apropiado. Y mi antigua desesperación hoy ha cedido su sitio a un asombro siniestro. Porque, ¿qué harán después?, ¿cuál será el siguiente paso, la operación definitiva, el póstumo objetivo?. La enfermedad inteligente es aquella que no mata, por el contrario, somete. Uno se hace parte y aliado de ella. Es el conquistado, el colonizado, claudica en su vieja moral y aprehende de la nueva. Primero resiste; luego, asiste. Es influenciado. Cambia hábitos, troca impresiones; rechaza primero y justifica después las razones del invasor. Y estos granos, lo sé, tienen una política, un estado, poseen un proyecto. Yo los admiro; pues ellos, en cierta medida, lograron lo que no pude: son gregarios, sociales, se articulan en pos de un objetivo concreto. Tienden por naturaleza a la filantropía. Por otra parte, uno no puede dejar de sentir cierto orgullo cuando se sabe víctima de una enfermedad desconocida, indocumentada en los miles y miles de páginas de todos los tratados médicos del universo. En rigor, soy el único que la padezco; el privilegiado. El elegido. Cornetti no sabe a lo que se enfrenta. Goliat, en cambio, filósofo y guerrero, sí. Es un coloso, titán de la epidermis. Y si bien, como Aquiles, él también habrá de tener su talón, nadie aún lo ha encontrado. Sólo supura ese pus que yo limpio a diario en tanto lo observo con mi aparato de espejos. Me preocupa mi ano, amenazado por su flanco derecho, comprimido, acobardado, cuyos dominios van siendo cercenados lentamente por este invasor. Temo la ingrata posibilidad de no poder defecar jamás; o tener que hacerlo por otros extraños medios. Pero no importa. Ya se sabe que el hombre siempre se encuentra un agujero para desparramar por el mundo su excremento.

martes, 18 de septiembre de 2007

Roru (V)


¿No te pasa que tenés las bolas llenas, que querés irte a la mierda, volver a vivir solo, tranquilo, sin escuchar pelotudeces, sin tener que bancar los vicios o manías del otro, de los otros, incluídas sus formas de creer, de entender, de comprender el mundo de mierda que nos ha tocado vivir? Me siento un extranjero que habita una casa extraña, con personas que, a primera vista, se parecen a uno, pero que luego, a medida que vamos conociendo, se alejan del modo que se tiene de ser, de permanecer, de observar la existencia. Si yo tuviese la suerte, la entereza espiritual de lograr vivir solo sin sufrir, no pediría nada más a la vida. Nada. Pero nunca pude permanecer demasiado tiempo conmigo mismo. ¿Por qué será que no conseguimos estar sin los demás?; ¿por qué necesariamente nos obligamos a buscar al otro, a meterlo en nuestra vida, a incluirlo y dejarnos incluir, en ese mix recíproco que nos funde y nos confunde y termina rompiéndonos tanto las bolas?. ¿Será una cuestión cultural? Hay una especie de software que nos cargan desde chiquitos, todo esa basura de la iglesia, la familia y la eternidad del amor, mierda empaquetada, éso creo, mierda empaquetada que nos comemos como si fuera puré y nos gusta como el dulce de leche. Existe gente que reza todas las noches, que mientras vive en la abundancia pide a dios por los pobres que no tienen donde dormir; es la misma gente que después reclama palos al gobierno cuando esos mismos pobres se levantan y cortan calles para que alguien les de bola. ¿Saben qué? detesto rezar. Detesto la familia entendida en el sentido más ortodoxo del término. Detesto los colegios privados donde te enseñan a cagar al prójimo, a obedecer al poder, a no cuestionar el dolor, a creer en ese dios hijo de puta que nunca nos dijo una sola palabra, la puta que te parió, dios, a quién le hablaste directamente, ¿a moisés, a jesús?; detesto esa mierda aristocrática que controla el destino de millones de desgraciados que no pudieron elegir un carajo acerca de sus vidas, mientras los parasitarios burgueses viven muy cómodos en sus respectivas residencias. Mi único consuelo es que todos cagamos, cojemos y comemos por los mismos agujeros; y nos morimos por igual. Putos del orto. Cualquier día de estos me voy a la mierda, me rajo del barrio careta en el que vivo y le pego una patada al amor para siempre. Y nunca más una mujer adentro de mi puta life.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Julio Argentino Uno (III)

Desgrabación:
Susana Moldes de Portolei (vecina) - Martes 14, agosto, 07 - Fragmento III.

Es imposible que yo le hable de ese hijo de puta sin antes introducirlo en el universo progenitor que lo ha creado; por eso tanta sanata, tanto verso alrededor de sus padres, estimado Roru. Olgo y Edelsa, nada más ni nada menos. Ya le hice comentarios acerca de sus nombres, eso dejémoslo así. Pero debe saber lo que hacía el padre, la profesión, digo, a lo que se dedicaba. Era ferroviario. Usted dirá, bueno, y qué. Y qué, nada, señor. Porque Olgo Uno era un ferroviario adicto, acérrimo, consuetudinario, mesiánico, promotor de los trenes y sus destinos, utilidades, usos presentes, usos futuros; y ni se imagina lo que sabía; era una enciclopedia de la estadística; kilómetros de vías por sector, sistema de ramales, topologías; cantidad de durmientes promedio por kilómetro real; metales, aleaciones de rieles; conocía como un operario metalúrgico el origen, proceso de fabricación, fatiga del material, en definitiva, todo el paquete de atributos, características y prestaciones de cada partida adquirida por el estado argentino para la implementación, ampliación o reparación de las líneas ferroviarias de todo el país. Era un loco, me entiende, un puntilloso, un fanático. El amor, decía, era un conwoy corriendo al infinito. Y lo decía con los brazos en alto, lo gritaba, señor, en cualquier parte, en la casa, hablando con su familia, en un restaurante, si a alguien se le ocurría tocar el tema; en la calle, en tanto compraba el diario. Tenía una teoría, un cálculo que había hecho; no, un algoritmo, éso era; por cada metro de vía construída por el mundo, decía, un promedio de no sé cuántas personas desocupadas, creo que 120 o algo así, tendría trabajo. ¡Vea la dimensión del disparate! No hace falta ser matemático para comprender la inviabilidad de semejante pelotudez. El planeta convertido en una pelota de madera y metal, ¡con trenes por todas partes! Usted ni se puede imaginar lo que sucedió cuando, para colmo y en contra de sus pronósticos, sacaron de circulación a los tranvías en la capital. Hizo pancartas, se ató a un semáforo en la 9 de julio e Independencia, encaramado sobre dos durmientes en cruz. Tuvieron que llevárselo en la carretilla de un botellero conocido del barrio, al que Edelsa adornó con unos pesos, a grito pelado, porque la policía no encontraba la forma de apaciguarlo salvo pegándole un tiro; en fin, vaya usted dándose una idea. Y en medio de este kilombo que duró como siete días, la pobre Edelsa, que le alcanzaba la comida, la ropa, un desodorante, un tacho en el que cagaba, porque el tipo no se movía del semáforo, entiende Roru, fue todo un papelón, con periodistas y los canales de televisión incluídos. Hay un artículo en la Revista Gente del mes marzo de 1963 en donde se cuentan los pormenores de esta historia, por favor verifíquela. Ahí lo va a ver a Olgo atado al semáforo, crucificado entre durmientes. Y lo increíble es que el tipo no era otra cosa que un simple operario de ferrocarriles, cobraba dos mangos, laburaba doce horas por día, a veces más, lo explotaban como a cualquier peón, de sol a sol; y resulta que era feliz con toda esa mierda de trabajo que tenía; en rigor, era lo único que lo hacía feliz o, al menos, solo cuando hablaba de trenes se le iluminaba la cara, parecía interesarle de alguna manera el mundo, porque después, señor, era un pobre desgraciado, daba la impresión de ser una persona abrasada por la vida, quemada, un hombre alienado, desinteresado del universo circundante, monotemático, no sé si soy clara. Nunca me voy a olvidar de Olgo Uno, Roru. Verlo a él era temer por la propia cordura. Una sensación parecida a la de esos domingos lluviosos por la tarde, en donde se duda de la fe, de la alegría, cuando la felicidad parece una isla lejana, rodeada de océanos de dolor. Es importante tener en cuenta al padre. Porque Julio Argentino es también el padre; de alguna manera logró perpetuar en el hijo todo un patrimomio de incoherencias que éste llevó hasta la peores exageraciones. Y así terminó el hijo de puta, con el perdón de Edelsa. Recuérdeme seguir hablando del padre.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Estructuras (I)



Bien. Quizá sea hora de organizar un poco mi trabajo; en rigor, más bien de explicarlo. En primer lugar, noto que este conjunto de notas, entrevistas, impresiones personales y relatos, no puede entenderse si no se lee en orden cronológico, es decir, al revés de como aparece aquí. Sé que Blogger, a este respecto, contempla la posibilidad de mostrar el sitio de atrás hacia adelante, en el sentido, por ejemplo, en el que se escribe un libro. Por otra parte, vislumbro una desventaja mayor: los posts, por sí mismos, no dicen nada, no se explican descontextualizados, del mismo modo que una novela no se entiende si la comenzamos por cualquier capítulo. Y es un problema. La lógica del blog tiene más que ver con la dinámica informativa que con la dimensión ensayísitica o literaria, por lo cual el desventurado lector que a estas tierras arribe, deberá tomarse la tediosa molestia de empaparse en el tema de principio a fin; es decir, leyéndolo integro, un verdadero garrón. Quiero decir que siento mucho esto; pero, por otra parte, me agrada sobremanera escribir y compartir el fruto de mis investigaciones en el barrio de Constitución, dejarlas asentadas a modo de crónica, con todos los condimentos que un trabajo de campo de este género aporta; dejando a un lado, lógicamente, que el sistema digital de publicación por Internet me es muy útil a la hora de consultar lo elaborado, desde cualquier parte, en todo momento. De hecho, varios colegas míos comparten y distribuyen información de la misma manera. En fin, abordando el asunto del presente post, creo que, en virtud de este despelote, sería generoso y amable de mi parte explicar este asunto de las estructuras. Decidí titular y agrupar las publicaciones en función de su tipo: Julio Argentino Uno a las referidas a entrevistas hechas a personas que conocieron al sujeto de investigación; en general son desgrabaciones. El Diario, a las observaciones del protagonista halladas en su departamento de la calle Tacuarí, escritas de puño y letra en un cuaderno anillado. Roru, a mis propias impresiones personales en el contexto de la investigación. El Boceto, al material que, a su debido tiempo, debería publicarse como trabajo literario definitivo o, en su defecto, guión documental. Si aparecerán o se suprimirán, en un futuro, éstas u otras categorizaciones, no lo sé. Por ahora, es lo que tengo. Como dice Charly García: lo que ves es lo que hay.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

El diario (I)

10 de septiembre de 1976


¡Comer y cagar!, ¡comer y cagar!, ¡comer y cagar! ¡A esto se reduce la existencia! Devorar, tragar, digerir; expeler, echar, evacuar. Sí, es ésta nuestra única condena. Cuando miro a una mujer, no puedo sino pensar en sus heces regodeándose por el interior de sus curvas esculpidas. ¡Son inmundas! Todo es una porquería, una chanchada exponencial. Detrás de cada cuerpo hay una promesa de pedo, una certeza de deposición, un sorete asegurado. Del otro lado del ano es donde se gesta la verdad: inmundas escatologías al acecho, preparando el momento de nacerle al universo en la breve intimidad del inodoro. ¡Ved!, ¡ved!, ¡mirad!; mierda por aquí y por allá. Comida: futura mierda de hombres; hombres: futura mierda de gusanos. Comienzo este diario aquí para dar cuenta de mis avances intelectuales. Antes, el ciclo escatológico del mundo me pasaba inadvertido. Lo sospechaba, sí; una molestia solapada de los sentidos, un no sé qué angustioso en la percepción del mundo; cierta incomodidad metafísica en el existir. Afortunadamente, el velo cruel e insidioso de la verdad cayó de mis ojos para siempre. Ahora lo sé: la tristeza más enorme, la tragedia desesperada de la vida es sabernos simples productores de excremento. ¡50 kilos de mierda por año!; ¡450 litros de pis! De este modo colaboramos con el mundo. Comemos en público pero cagamos en privado. ¿Por qué sera?; ¿culpa, vergüenza, indignación? Recuerdo una mujer que se quejaba del acto de cagar en tanto reivindicaba el placer de comer. No era justo, me decía. Estaba bien comer, pero cagar, ¡eso no!. Las damas no deberían cagar. Esos agujeros íntimos son para el placer, ¿de dónde ésta lamentable bifuncionalidad del ano y la vagina? Además, no he sabido nunca de ninguna civilización, pasada o presente, que se vanagloriara de su excremento, que cagara en comunidad, fraternalmente, a cielo abierto, a ojos vista de dios y del planeta, es decir, uno al lado del otro, deponiendo colectivamente, excretando la inerte materia orgánica de sus propios cuerpos. ¡Qué horror! Hay poca información sobre el acto de cagar. No hablo de estadísticas ni patologías. Digo que nadie ha escrito nada sobre el hecho en sí, la acción, el verbo, esa obligación física y metafísica que nos intima a la acción, con el correlativo alivio del organismo y el espíritu. ¿Por qué los filósofos han callado a este respecto?. ¡Cobardes! Desde la más remota antigüedad hasta este suntuoso posmodernismo, los más altos intelectos se han llamado a silencio, sorteando la cuestión trascendental de la mierda merced a otros problemas más urgentes: el ser, el tiempo, la muerte. ¡Cobardes, les repito!. ¡Bien que han cagado también, meditando obtusas ontologías, antes, entre los yuyos en las afueras de Grecia; hoy, apoyados los cantos sobre anatómicos inodoros de losa en Berlín, Buenos Aires o París!. Nunca han dicho que el hombre, en el sentido más físico y metafísico, es apenas un medio para un fin que desconoce; come por un lado, caga por el otro, reducida su existencia carnal a este estúpido ir y venir inexplicable por los caminos del mundo. Y, por más que le pese, es sólo un proceso, una función, máquina transformadora de la materia de la vida en deletéreos miasmas de la muerte. Y, en tanto no coma o cague, ignora. ¡Atención doncellas debidamente perfumadas; alerta caballeros engominados; cuidado niños bien educaditos: el sorete espera agazapado al otro lado del ano y puja por salir; tarde o temprano excretarán su propia mierda, deberán cagar, retorcerse en los retretes como cualquier bicho en su madriguera! ¡Humanidad: deja tu poesía, pon en suspenso la construcción de catedrales, detén por ahora tus planes de conquista, olvida tus estudios, tus obras de ingeniería y ve a cagar, enciérrate y defeca, reconoce lo que a fin de cuentas eres y produces, libérate, libérate, libérate!

miércoles, 29 de agosto de 2007

Roru (IV)



M. no se acuerda de haberlos visto; de hecho, lo niega. Pero tocaron el portero eléctrico a eso de las siete de la tarde el lunes de la semana pasada, preguntaron por mí con tenor seguro e inflexible, subieron al departamento y se aprestaron en el living comedor; eran dos señores, más bien ancianos, altos y delgados, ataviados con traje de época; y con voz estentórea, hablándome uno, gesticulándome el otro, se mi informó, sin darme tiempo a la más mínima objeción que, de ahora en adelante, ellos, bibliotecarios ambos, estarían en condiciones de relatar la historia del señor Julio Argentino Uno. Pues habían sido enterados -de este modo se expresaron- que un señor así y así (es decir, yo), investigador y documentalista, inició ciertos estudios de campo sobre la zona de Constitución en relación al personaje que me ocupa, Julio Argentino Uno. "Señor", me dijeron, "usted no sabe escribir; omite la belleza de la prosa. Es, a todas luces, un informador mediático, a lo sumo un guionista. Deja a una parte un conglomerado de pretéritos, de filigrana verbal, en fin, esa suma básica de herramientas literarias que, en el idioma castellano, abundan por cualquier costado gramatical y que sólo aquellos que hemos dedicado la vida al ordenamiento artístico de la palabra manejamos, precisamente, mejor que usted. Aquí está" me acercaron un papelito escrito en soberbia cursiva "la dirección, a saber, la casilla de correo a la que usted dirijirá, de ahora en más, el paquete, la síntesis, el boceto, esto es, el fruto de sus investigaciones hasta la fecha realizadas y, desde luego, las restantes que en un futuro realice, en virtud de las cuales nosotros, el señor Ateo Sperling y yo, Severo Santamarina, los dos oriundos del barrio de San Telmo y aberrantes conocedores del drama que le ocupa, recibiremos sólo con el objeto de plasmarlo a conciencia y con pluma candente, transformando así su rudimentario material de estudio en verdadero caviar literario; lo cual, por otra parte, beneficiará a los escasísimos lectores del blog". Quise interrumpir, mas el que se llamaba Sperling, que sólo acompañaba el discurso del otro a través de coordinados gestos, movimientos de cabeza y pantomimas muy precisas, me enseñó el puño izquierdo, instándome a callar, pues, parecía, aún no arrivaban al meollo de la cuestión. "Señor", continuó Santamarina, fulminándome con la mirada, "tome este papel. Desde hoy deberá enviarnos el material, fruto de sus estudios acerca del sujeto referido, aquí". Puso su dedo sobre el numerito de la casilla. "El material será recibido en cuartillas tipo A4 mecanografiadas, a doble espacio, con letra grande y legible, acéptica de enmiendas y borrones, en tipografía clara y regular, sin resaltamientos de ningún tipo, ni subrayados, ni frases en negrita; de lo contrario se le rechazará de inmediato para urgentísima corrección. Y, mientras tanto, nada se publicará. En cambio, si nuestros requerimientos de estilo son cumplidos, nosotros le enviaremos, naturalmente por carta y en sobre certificado, el texto definitivo a publicarse en la dirección web http://www. error737.blogspot.com, mas no en ninguna otra, el cual administrará, como hasta ahora lo fue haciendo, en homeopáticas dosis, bajo el título EL BOCETO y el respectivo número correlativo de entrega, sistema que usted implementó hasta hoy y que nosotros, al menos en este único punto, hemos decidido respetar. Por lo demás, nos referimos al resto de sus comentarios personales, por no decir dispersiones, desgrabaciones de entrevistados y otros escritos que ya existen o pudiesen llegar a existir en su momento, ésos, lo dejamos a la irrelevancia de su pluma y a la rusticidad de su entender, dado que no aportan ni enriquecen en nada la investigación en sí. Al contrario, creemos que la entorpecen; pero, siendo usted nuestro único vínculo activo, animado, volitivo en el mejor de los casos, en fin, vayamos al grano, el exclusivo contacto con la realidad banal, corriente, vulgar, proletariada y asquerosa por la que se rige el universo, entonces, pues, es que no objetamos nada más y no pedimos nada menos que se nos permita reconstruir, con nuestra pluma, dichas investigaciones suyas de, hasta ahora, anémico tenor policíaco. Sin otra particularidad que agregar y disculpándonos de antemanto por la agresión con la que fue tratado en virtud del asco que nos da el mundo que habita y, por carácter transitivo, o simétrico, usted mismo, nos retiramos, saludándolo y observando merced a su silencio la semilla de un acuerdo perfecto, tácito pero de caballeros que, de hoy en más, está condenado a cumplir, regar y cultivar". Y se fueron, dando un tremendo golpazo a la puerta de salida al palier. M. me preguntó por qué carajos cerraba la puerta como un loco. Al día siguiente, muy a mi pesar, llegó un sobre certificado a casa cuyo contenido es el texto del post anterior. Simplemente quería avisarlo. A partir de ahora, estos dos señores se ocuparán de la sección EL BOCETO. Por favor, a mi cúlpeseme por otra cosa.

viernes, 24 de agosto de 2007

El Boceto (II)




El lector curioso que hasta aquí haya llegado, recargado con el debido bagaje prolegomónico de los posts anteriores, cansado, además, de tanta digresión innecesaria, en general aburrida, sin un sentido claro de arribo, sin orden ni síntesis, querrá, no obstante, más por disciplina literaria que por genuino interés, saber, someramente acaso, no sea cosa que se complique mucho, qué carajos pasó con ese sujeto, a todas luces llamado Julio Argentino Uno, al momento de ingresar en la galería de la calle Tacuarí, aquel lunes 4 de agosto del año 1978, a las 7:37 de la mañana, paraguas en una mano, libro de Chomsky en la otra, etcétera, etcétera, etcétera. Pues bien, ante todo hay que decir que, en rigor de la crónica, o a la sazón, no lo sabemos. Sólo podemos prejuzgar, ensamblando testimonios, aderezando con la imaginación los puntos oscuros del relato, ora de uno, ora de otro entrevistado, sea antes la señora de la ropa, sea el diario mismo del sujeto de nuestro estudio, después; en fin, ya iremos viendo cómo, a medida que el señor Roru vaya recopilando datos dispersos, la manera, el método cabría mejor decir, con el cual develaremos, de punta a punta, sin resquicios argumentales ni incoherencias lógicas, la vida, obra y ERRORES de este tal Julio Argentino Uno. Mas, sería posible hacer ahora, aunque sólo en un sentido provisional y bocetario, un dibujo, cierto borrador, un mapa tentativo de esas horas en las que este hombre, cotidianamente, los días hábiles de cada semana, transcurre recluído en una pequeña oficina de la galería, en el primer subsuelo, nivel que, para decirlo rápidamente, es una porquería, abandonado como está, constituído por doce oficinas en desuso, habitadas por las ratas y otras alimañas, con la excepción de la suya, la trece, que ocupa él, solo y tranquilo, soberano absoluto de ese imperio subterráneo. Debería el lector curioso, hacerse una escapada hasta dicha galería de la zona de Constitución, ciudad de Buenos Aires, Capital, para comprobar por sí mismo cómo las palabras que aquí podamos adicionar en concepto descriptivo nunca lograrían conmover tanto el alma de quién, simplemente, vé. Pues, si bien hoy el tiempo y el mundo son otros, no obstante, aquella galería ha quedado rezagada, fiel a su propia decadencia de antaño, empecinada en una cifra caduca que sólo nosotros, tenues investigadores de la presente historia, tenemos la voluntad de calcular. Así es que todo está como antes en aquel antro del subsuelo, petrificado, con la salvedad, claro, de la oficina número trece, hoy cerrada, aunque mejor sería escribir tapiada, a secas, clausurada, en cuyo interior apenas podemos entrever por alguna rendija alcahueta ciertos objetos condenados a una especie de eternidad privada, solitaria y oscura; eternidad o, por qué no, obsecuencia, empecinamiento, ese simple y trágico devenir de las cosas inanimadas sin dueño, que están, que quedan, que permanecen impasibles a la vida y a la muerte, a la vejez de los que en algún período fueron jóvenes y las poseyeron. Un cenicero con el logo del EAM 78, el ente autárquico mundial, hoy canal 7 argentina, el manoseado ejemplar del doctor Chomsky, abierto en su primer tercio, el paraguas, cerrado, por supuesto, a un costado del escritorio, en ángulo de estrictísimos setenta y cinco grados en relación al eje cartesiano X., un teléfono a disco, cuyo tuvo fue descolgado vaya a saberse cuándo y por qué, de vaquelita negra, perteneciente a la vieja compañía de telecomunicaciones ENTEL, son algunos de esos tesoros de museo que la rendija nos enseña, dependiendo, naturalmente, del ángulo en que observemos. Muñidos a estos datos concretos más otros testimoniales -el diario de Uno, el relato de la señora Portolei-, estamos en condiciones de reconstruir, no sin reservas aunque sí con fundamentos, un día cualquiera, general, hábil, desde luego; en otras palabras, una jornada completa de trabajo del protagonista. Pero, dejando a una parte la justificada ansiedad del lector, a estas alturas indudablemente podrido de leernos, debemos también informar que este arduo prolegómeno ha sido escrito sólo para dejar sentado en actas que estamos listos, prestos, cuando la situación y las necesidades del señor Roru lo crean conveniente, a narrar los primeros trazos del boceto, a trazar las iniciales pinceladas de este retrato de Julio Argentino Uno. Y, por ahora, ¡que no se diga nada más!

martes, 21 de agosto de 2007

Julio Argentino Uno (II)

Desgrabación:
Susana Moldes de Portolei (vecina) - Martes 14, agosto, 07 - Fragmento II.


"Lo recuerdo perfectamente porque una semana antes acabábamos de mudarnos, mi esposo y yo, al pequeño departamento de la calle Tacuarí; eso fue el 20 de diciembre del 49, una tarde bochornosa, de un calor atípico e insoportable. Entre pitos y flautas, habíamos llegado con el camión de la mudadora como a las tres, pero con un sol de mediodía, radiante y abrasador. Y acá empieza la historia: en la entrada del edificio, una mujer nos miraba ir y venir, entrar y salir, subir y bajar del departamento al camión, del camión al departamento, imbuídos nosotros en todo ese despelote de muebles y porquerías que uno siempre arrastra en las mudanzas. Tenía, cómo decirle, además de una expresión sombría y ausente, embotada, lejana, una panza descomunal, un embarazo de catorce meses, discúlpeme usted la exageración, pero yo nunca había visto hasta entonces a una mujer con el vientre de ese tamaño; y, para colmo, estaba sentada en el primer peldaño de la escalera, con las piernas abiertas, un poco recostada hacia atrás, los codos apoyados en el suelo; una postura, señor Roru, absolutamente llamativa, rara, desagradable, desenfadada, poco femenina, para una persona que, paradójicamente, iba a ser madre en cualquier momento. Parecía, a ver cómo le explico, un animal herido, eso, una hembra ultrajada, había un no sé qué de infrahumano en toda su actitud. Si algo destacaba en ella era cualquier cosa menos felicidad. Bueno, es lógico, una semana después, iba a ser la flamante madre de ese reverendo hijo de puta. Así fue mi primer contacto con Edelsa, la madre, mire usted qué nombre, Edelsa, parece la razón social de una empresa metalúrgica, o de agroquímicos, no sé, un grupo de siglas, como SEGBA, déjeme de embromar. Edelsa, permítame la digresión: Empresa De Electricidad Latinoamericana, Sociedad Anónima. ¿Vé? No me diga que no, Roru. Un horror. Dígame si un nombre así no es capaz de desviar el destino de cualquier persona hacia la fatalidad. ¿Y sabe cómo se llamaba el padre, el que se tiró por el balcón y rebotó contra una bandera? Olgo. Olgo Uno. ¿Cómo es posible? Ni se puede pronunciar. Ese tipo estaba cagado de antemano; como ella, Edelsa. Pero bueno, perdón, le sigo contando. Yo no me olvido, pese al trajín de la mudanza, la actitud general de esa mujer, sentada a un costado de la puerta de entrada al edificio, como escapada del Moyano. Me ha quedado grabada en la cabeza. Mi marido, que para beneplácito de la omisión es un imbécil consagrado, también lo advirtió. Me dijo que deberíamos llamar a la policía o a la ambulancia, porque la mujer, encima, estaba sucia, mal vestida, abandonada; despedía un olor, una especie de hedor rancio, a queso podrido, el mismo que tiempo después el hijo... ah qué asco, ¡no soporto acordarme ahora lo que sufrimos por el olor! Perdone usted, no quiero desviarme: cada tanto miraba a un punto fijo, lejano, ignorando por completo el trajín de su alrededor, el lío de la mudanza; había un algo espantoso en su cara, inexpresiva, lívida, en esos ojos negros y vacuos que penetraban la nada de la vereda de enfrente. Y cada tanto, señor Roru, murmuraba: se le movían los labios, velozmente, como si recitase algún versículo; yo no esuchaba, no podía entenderle desde la calle, pero la mujer hablaba sola, o desvariaba. En ese momento qué me iba a imaginar, qué nos íbamos a imaginar con Alberto, mi marido, que aquellas palabras eran solo el preámbulo de un monólogo que después amplió, con los años, hasta convertirlo un una tortura oral constante con el que se valía para quejarse del hijo y con el cual, incluso, al propio hijo torturaba. Porque, créame, ella también ayudó a convertirlo en lo que fue, en esa porquería que ya le dije, en esa cosa abominable llamada Julio Argentino Uno. Y no quiero decir con esto que Edelsa no sufrió, no, por el contrario, sufrió como una mártir. Pero convirtió su dolor en maldad, el desprecio particular al vástago en un odio general y sistematizado contra el universo entero. Aunque eso fue más adelante, tiempo después, cuando ya todos sabíamos que lo mejor hubiese sido matarlo ni bien nacido; y preferiría dejar aquí, hacer una pausa, usted sabe, señor, me pongo nerviosa al contar, omito detalles, pierdo el hilo de la crónica. Y estoy cansada. Si le parece... apague el grabador".

viernes, 17 de agosto de 2007

Roru (III)



Me doy cuenta que escribo en partes, fragmentariamente, escatimando detalles, resumiendo. Lo hago por precaución y prejuicio; porque he leído que en la blogósfera no es recomendable recargar los posts, extenderlos más allá de unas cuantas líneas plagadas de ingenio. La gente se aburre, dicen, no puede perder mucho tiempo en leer. Y este asunto del exceso, de la recarga, me ha hecho plantear por primera vez qué es aquello que yo quiero contar, por qué quiero hacerlo y, sobre todo, a quiénes escribo. En rigor, creo que lo último es decisivo; porque, ¿quienes son, en definitiva, los destinatarios de todo esto?; ¿en virtud de qué capricho, siendo el presente trabajo una cuestión de mi ámbito privado, una investigación que, quizá, acaso, lance alguna vez, con la debida organización y el adecuado método, un bosquejo final, definitivo, de cierto personaje peculiar, he decidido hacer públicas, paso a paso, las vicisitudes de semejante proceso?; ¿por qué no esperar, en cambio, a terminar mi tarea y publicar el trabajo entero, de una vez, organizado, coherente y concreto?. No lo sé. Pero sí sé que necesito comunicar. Comunicarme. Necesito contar, dar testimonio, involucrarme, ser. Por eso, supongo, he añadido la dimensión personal a esta especie de diario del proyecto que es el blog del ERROR 737, una catarsis más dentro de otras -la mía-, anidadas, como las de aquellos a los que hasta el día de hoy he entrevistado, personas que jamás se me hubiese ocurrido imaginar que pudiesen existir. Porque alrededor de Julio Argentino Uno hay un universo todavía más atípico que el propio protagonista. Y, pensándolo bien, no podría ser de otra manera: lo inusual, lo extraño, no puede subsistir por mucho tiempo si no se mueve en un contexto semejante, de idénticas leyes y solidarias características. De todas maneras -y volviendo al tema puntual de la escritura en el blog-, voy comprendiendo que soy algo propenso a cierto apego a la estructura, a la integración de mis propias experiencias con la historia en sí; de modo que si escatimo detalles, si omito lo primero en beneficio de lo segundo, recortándome, por decirlo así, de la historia propiamente dicha, dicha historia tendrá algo de mentira, de omisión o de sofisma. Por eso, a partir de aquí y en adelante, seré todo lo extenso que la situación literaria requiera, en beneficio de esta famosa estructura y más allá de las académicas convenciones del blog. Veremos qué resulta.

jueves, 16 de agosto de 2007

Roru (II)


Todo comenzó por la necesidad imperiosa de no pensar, de ocupar de cualquier manera el tiempo. Yo había empezado a vivir con M. hacía algunos meses (en diciembre de 2006), en virtud de un acontecimiento inesperado, una enfermedad que la dejó postrada casi un mes -luego de un año de estar de novios-, con un hijo a cuestas; a ella, una mujer hiperactiva que, del día a la noche, se encontró confinada a una habitación y a un régimen de reposo que la eximieron por completo de sus obligaciones cotidianas. Esto incluía su trabajo, la atención de su hijo y de la casa, cuestiones que, al principio, durante su primera semana de convalecencia, no me parecieron tan relevantes como para echar un par de pilchas en un bolso, dejar mi casa y venir a la suya corriendo. Pero a los quince días se me ablandó el corazón y, devuelta ella por la clínica, con una dudosa alta dibujada en su cara, le pregunté si quería que me quedara por acá unos días, mientras avanzaba en su recuperación; a fin de cuentas -le dije, intentando ocultar mi cariño detrás del vicio de la comodidad- tengo el laburo mucho más cerca y no me viene mal adelantar un par de cuartos de hora la agujita del despertador. Y así fue como me vine a vivir a su departamento más o menos para siempre. Ahora bien: el tiempo que uno emplea en su soledad privada difícilmente sea el mismo que dispone inmerso en la vida familiar, lugar en donde, a lo sumo, el carácter de la soledad es público, recortado y paradójicamente compartido. Tomar whisky durante toda la tarde en tanto se mira una película, se lee un buen libro o se hace una extensa paja es, diríamos, políticamente incorrecto desde innumerables puntos de vista. Esas eran -lo admito, sumergido en este hipócrita pozo digital del anonimato-, actividades, pasatiempos agradables, muy recurrentes en mi vida de soltero. Ahora, una vez transcurridas las primeras semanas de convivencia, en tanto M. se reponía por completo de la enfermedad y su hijo me adoptaba como "papá parche" o "papá postizo", el nuevo régimen de actividades familiar comenzó a imponérseme no tanto como rutina, sino como trabajo. De hecho, prefería estar trabajando, fuera de casa, que en casa mismo. Y, para colmo, mi biblioteca, mi estudio completo, ese breve, nimio, pequeño lugar geográfico del universo que uno hace suyo en el hogar, había quedado allá, en mi antigua morada. Así fue como un día empecé con la mudanza: cosas no demasiado grandes -descontando la biblioteca, que nos demandó cuatro viajes con el auto desbordando papel-, compacts de música y de software, la computadora, un piano eléctrico perfectamente portable y algo más de ropa. El resto -la casa completa-, tuve el recaudo de dejarlo como estaba, habitable, por si acaso, aunque a M. le propuse la idea de utilizar mi vieja finca los fines de semana. Ella aceptó y me cedieron, como contrapartida, a modo de premio consuelo, una pequeña habitación en el departamento, una suerte de vestidor ridículo y desaprovechado que yo no tardé en convertir en el estudio desde el que ahora escribo. Y, entonces, sutil, humilde como un perrito que se nos acerca en un día lluvioso, el primer indicio del ERROR 737 apareció.

sábado, 11 de agosto de 2007

Roru (I)


Me junté con M. porque mi vida se iba a la mierda. Esa es la verdad. Hace casi un año que vivimos juntos; y también hace casi un año que muero solo, en secreto, privado del placer de tener una existencia desprogramada, aleatoria y plagada de licencias. Como contrapartida, diré que M. es la mujer que andaba necesitando (no buscando) y que apareció así, de pedo, casi volando, con el azar del viento si puedo expresarlo así, rindiéndole honores a su escaso peso y figura menudita; me llegó volando y se enganchó en alguna rebaba de mi ser. Eso fue. Se enganchó y se enredó y ahora estoy aquí escribiendo este texto, con ella que va y que viene de mi estudio a cualquier otra parte de la casa, por lo que debo cambiar de aplicación casi permanentemente (porque este blog es secreto), pinchando en el botón de la "bandeja de entrada" cuando está cerca, volviendo a "blogger" cuando se aleja. No sé por qué, pero M. tiene cierto atributo del barrilete, va con el aire, es etérea, transparente y tan liviana que a veces, cuando caminamos de la mano por la calle, pienso que se me puede volar, que se me puede ir al cielo, como esas bolsitas de supermercado que, de tanto en tanto, sorprendemos, vacías, dando piruetas, surcando por lo alto el smog de la ciudad. Pero M. es también liviana en todos los demás aspectos. Es eso: una bolsita de supermercado. Y debo decirlo así, a rajatabla, esquivando la culpa, porque es difícil escribir mal de alguien a quien, no obstante, quiero. Me pregunto, cada vez con mayor desesperación, cuánto tiempo más seré capaz de tolerarla: su liviandad intelectual, su ligereza de criterio, su ausencia casi absoluta de pensamiento crítico. Para colmo -y esto parecerá una estupidez, pero me enerva hasta el paroxismo- tiene una manía compulsiva por controlar todos y cada uno de los gastos: los de esta casa, los de la otra que usamos los fines de semana, los del auto, los del negocio que antes era mío y ahora ella administra mejor, como si fuera de ella, los misteriosos descuentos de OSDE, los abusivos de la DGI; por no mencionar la auditoría de ese otro tipo de brevísimas facturas: las de la autopista, que uno tira automáticamente por la ventanilla, las del estacionamiento por horas, que a uno ni siquiera se le ocurre reclamar al sereno, etcétera. Y se ha armado una legión de biblioratos en los que archiva toda esa papeleta inútil; y yo, que llego a casa rendido con el único fin de descansar, con la idea de permanecer tranquilo un rato, después de pasar todo un día intentando generar ese paquete de dinero mensual que ella matemáticamente administra, soy sometido a intolerables interrogatorios económicos; o advertido de futuros y terribles vencimientos, como el de la luz, las expensas, o el gas. Y si, por ejemplo, cierta expresión de fastidio conquista mis facciones, o una mirada torva se adueña de mis ojos, para qué, con qué energía se me previene y advierte. Soy inmediatamente culpable de cierta irresponsabilidad con la que nunca tuve problemas. Yo he vivido más de 40 años sin biblioratos, ¿por qué ahora debo empezar con esto, a ocupar el poco tiempo libre que me queda ordenando papelitos, cotejando presumibles aumentos, detectando irregularidades en el consumo de luz, de gas, de no sé qué herramienta que se le compró al jardinero? No. No soy feliz. Pero tampoco lo soy en la soledad. Hay un término medio inalcanzable que está entre el vivir y el no vivir con alguien, el "sinvivir", diríamos, la utopía del amor; ese vínculo que podría sostenerse apenas durante el noviazgo, donde cada cual tiene su casa, su cama y sus problemas domésticos independientes. Y eso que no he hablado de hijos (de los suyos). Y eso que he omitido las aberraciones políticas (las suyas). Y eso...

viernes, 10 de agosto de 2007

El boceto (I)


Suponiendo que nos fuese posible contemplar la esquina de Garay y Tacuarí cierto lunes de la década del ´70, alrededor de las 7: 37 horas de la mañana, tiempo de Buenos Aires; más precisamente, el lunes 4 de agosto de 1978, para no pecar de inexactos, veríamos, imbuido en una multitud de peatones más o menos esperables, normales, gente de la calle, oficinistas, etcétera, a un hombre pequeño, contrahecho, de cabello negro, engominado, peinado hacia atrás, víctima de una calvicie incipiente, de unos treinta años, cruzar la avenida Garay en dirección al centro, esto es, por Tacuarí hacia Cochabamba. Lleva, si prestamos atención a su mano derecha, un manoseado ejemplar de un libro de Noam Chomsky, el lingüista, publicado en idioma inglés, cuyo titulo original es Logical Structure of Linguistic Theory; esto es, para que el lector evite el trabajo de buscar biografías, la tesis doctoral del autor mencionado, inédita hasta el año 1975. En la izquierda, en cambio, el hombre sujeta un paraguas cerrado con cuyo extremo metálico toca, ora sí, ora no, determinadas baldosas de la vereda por la que camina, con paso pausado y metódico. Parece, a simple vista, un modo cualquiera de transportar ese objeto ridículo en un día de sol, pues el lunes 4 de agosto de 1978 no llovía, mas, si hubiésemos tenido la posibilidad de observar a este sujeto en los días anteriores, o bien si se nos diera el permiso para contemplarlo en los subsiguientes, nos hallaríamos ante idéntico cuadro: el hombre caminando, el paraguas cerrado (aunque cayera un diluvio), golpeando con su extremo metálico las baldosas, ora aquí, ora allí, acción que bajo ningún aspecto es azarosa ni inconsciente, sino, por el contrario, una secuencia premeditada, precisa, estudiada durante los últimos 3 años, la cual repite, día tras día, obligado por la certeza sobrenatural de suponer que, de no hacerlo más, algo terrible y espantoso le sucedería a él, a su madre y al universo entero. Viste, como podemos ver, saco de lana y pantalón recto marrones, provistos de línea diplomática, es decir, esas rayitas finas que se despliegan en las prendas de vestir de arriba hacia abajo, verticales, más bien oscuras y delgadas y que confieren al conjunto cierta distinción; aunque, en este caso, tal detalle pareciese producir más bien el efecto contrario, un aire payasesco, lacayo, como de disfraz. Calza, para colmo, unos zapatos negros, atónicos para la ocasión, angostos y alargados que, no obstante, él sacrifica a la estética en función de su propia altitud, pues lo elevan 7 centímetros más allá de su metro cincuenta y siete. Por último, si nos pusiésemos a su lado y lo contempláramos de perfil, advertiríamos su joroba: una marcada protuberancia semicircular pujando por escapar de esa espalda endeble, una suerte de mochila interior que, ante el desconcierto de los médicos y ortopedistas, iba creciendo año tras año a una celeridad y proporciones jamás vistas por la ciencia. Este hombre, cuyo rostro por ahora nos hemos reservado mirar, cuyos atributos de carácter, personalidad, temperamento, rasgos metafísicos y profundas obsesiones aún -y a propósito- me he cuidado de dar a conocer, es el boceto de Julio Argentino Uno, aquel que en este blog nos desvela, el ser cuya biografía intento reconstruir por boca y recuerdos de terceros, a través de las equívocas páginas de su diario personal hallado en un departamento de la calle Tacuarí y, desde luego, por su excéntrica tabla de ERRORES metafísicos. Ahora es el momento de alejarnos de él, pues está ingresando a una galería, esa que conecta, a la altura del 1300, a Bernardo de Irigoyen con Tacuarí. En esa galería se queda, ya no sale hasta después de las 7 de la tarde. Y nosotros tenemos otras cosas que hacer.

jueves, 9 de agosto de 2007

Julio Argentino Uno (I)

Desgrabación:
Susana Moldes de Portolei (vecina) - Agosto, 07 - Fragmento I

"Julio Argentino Uno, el preceptor, el profesor, si lo conoceré. Mire, la pared de mi dormitorio delimita geométricamente con la del suyo. Veinte años conviviendo a centímetros de ese hijo de mil putas, separada por quince centímetros de ladrillo. Y no me quedo corta, señor: era, a secas, un literal, un consuetudinario hijo de mil putas. Porque la madre, debería haberla conocido, le cagó la vida desde bebé, así como se la cagó al padre, un empleado ferroviario que terminó tirándose del balcón, del de acá al lado, del quinto piso. Para colmo, el padre quedó lisiado, no se mató como hubiera querido y vivió muchísimos años con una irreversible emiplejia, maniatado a una silla de ruedas, sin poder mover un músculo salvo los ojos. Un horror, una calamidad que pone en duda la existencia de dios y de todo lo que es bueno en el mundo. Porque este hombre, y permítame un segundo más la dispersión, este hombre, al suicidarse, pegó en un mástil de una bandera argentina del balcón de abajo, no se olvide que estábamos en el Mundial, y cayó, en virtud de esos rebotes carambolistas irrepetibles, casi en medio de la calle, dentro del cochecito de un bebito recién nacido que cruzaba con la madre. El se salvó, pero mató al niño. Le pegó con el culo, fíjese usted, cayó de culo y, válgame la metáfora, sobre la criatura. Imagine la culpa con la que tuvo que convivir después, casi 12 años, hasta que murió de un cáncer de colon, sin poder mover un músculo del cuerpo con excepción de los faciales. Va, los nervios oculares; un espectáculo aterrador, había que sostenerle la mirada a ese tipo, lo decía todo con los ojos, era imposible no tenerle compasión y pensar que el mundo entero era una mierda, incluidos Ghandi y María Teresa de Calcuta. Pero bueno, usted me preguntó por el hijo, todo un inverosímil capítulo aparte: un sorete, un moco humano, pretencioso, irreverente, sucio y, lo que es peor, inmensamente feo. Si inventó esa suerte de tabla de los dolores humanos, el asunto del ERROR 737 que le dio efímera fama allá por el año 1978, cuando trabajó como docente en el Instituto de Computación, no lo sé y la verdad me importa un comino. Si ese sujeto brilló alguna vez, no fue por su intelecto sino por su animalidad. Discúlpeme la palabra: animalidad. Aunque, mire, voy a ir un poco más lejos al respecto: era peor que un animal, porque, al mismo tiempo, se había hecho dueño de una brutalidad sofisticada, me entiende, o premeditada, hija del odio, del rencor, del resentimiento, del egoísmo, defectos que no pueden nacer de cualquier bicho, sino sólo del hombre. Y usted, ¿Roru me dijo? Sí, señor Roru, no entiendo para qué intenta reconstruir ahora la historia de esa sabandija, después de tantos años y tanto horror, de la infinidad de sufrimiento que le causó a terceros; hay veces, por lo menos aquí, en que es mejor dejar la tierra bajo la alfombra; y no me venga con sandeces, no pretenda, querido amigo, que le cuente en 10 minutos, ni siquiera a grandes rasgos, todo lo que sucedió durante su vida y después. Venga mañana, o pasado, usted me va a encontrar siempre en la esquina de Tacuarí y Garay. Si no me ve le pregunta al empleado de la salchichería, Rodrigo, que yo bajo y le cuento. Pero venga con tiempo, Roru. Sí, yo lavo ropa en la pensión de acá al lado. Y vivo en el edificio de enfrente, allí; y sí, ya le dije, fui vecina de ese hijo de reverenda puta".

Boosterblog





Hete aquí que debo agregar este enlace a Boosterblog para poder figurar en su directorio de blogs. Disculpen la molestia.

martes, 7 de agosto de 2007

Inútil al mundo.


Una de las cuestiones inquietantes de mi existencia es la certeza de serle completamente inútil al mundo. Decime vos, si no tenés todo el derecho a pensar, ahorita mismo, mientras leés el blog, "¿pero qué carajos estuvo haciendo éste tipo que escribe tremenda sarta de pelotudeces en vez de ir a laburar, en lugar de ir por ahí ayudando a otros, con todos los quilombos que tiene éste planeta, éste país, ésta ciudad de mierda? Si por ahí, a la vuelta de la casa del forro éste, hay un pibe muerto de hambre, esperando que un peatón insensible le tire un par de monedas que convertirá en sandwich de jamón y queso, o golosina, o lo que fuera. Pero no, éste tipo, fijate vos (ahora el comentario se lo podrías estar haciendo a un eventual compañero de oficina), se pasó toda la mañana, porque seguramente el muy vago trabaja de tarde, si es que no vive de rentas, se pasó, te decía, Rolando (pongámosle Rolando a tu eventual compañero de oficina), la valiosísima mañana remoloneando en la cama, haciéndose una paja, para después, así relajadito como lo tenés, entrar en Blogger con el dudoso fin de darle rienda suelta a esa imaginación pervertida que tiene, haciendo como si sufriera por los demás, inventándose tipos que no existen, como ese tal Julio Argentino Uno, el de la tabla de ERRORES metafísicos, ontológicos o lo que mierda fuera. Y éstos son los jodidos inútiles, las sanguijuelas del sistema, los parásitos sociales que viven a cuesta del sacrificio ajeno, de laburantes como nosotros, Rolando, que hacemos que el mundo gire para que ellos lo disfruten, en tanto ellos, como te decía, viven de rentas, o de empresas que fundaron con la guita de los viejos porque estaban aburridos, o tienen un carguito en algún canal de televisión, porque no sé si sabés, viejo, que todos los de la televisión ganan fortunas y son drogadictos, o putos y no laburan nunca, ésto es seguro, Rolando. Y entonces éste tipo, éste del blog que te estoy mostrando, vení, leé por favor, decíme si no estoy en lo cierto, éste Roru o cómo mierda sea, en vez de hacer caridad social, ayudar pibes o fundar comedores comunitarios con todo el tiempo libre y guita que ha de tener, no, fijate, se queda sentado frente a su compu, tomándose un mate y escribiendo boludeces". Y más o menos es verdad: yo hace 40 años que he hecho casi todas las cosas por mí y nada más que para mí; he dedicado innumerables días de mi vida para aprender disciplinas que jamás he enseñado a nadie; he leído cientos de libros que nunca relaté a terceros; escuché canciones, ví amaneceres, fuí testigo de llantos y muertes ajenas, recibí el amor desinteresado de algún que otro ser humano y, no obstante, nunca fui capaz de hablar de ello a los demás, de compartirlo. Soy una especie de depósito cerrado, cercado y con indicadores de advertencias. Como una instalación militar repleta de carteles que advierten al visitante distraído: no acercarse o el centinela abrirá fuego. Yo hablo conmigo, pienso conmigo. Y voy muriéndome solo.

lunes, 6 de agosto de 2007

Antropologías


Hay una manía por la explicación. El universo es una especie de despelote de dios y el hombre el bicho caprichoso que lo ordena en categorías, bibliotecas, biblioratos, etcétera, y además lo explica, jactancioso y con verosimilitud. Seguramente, más de uno habrá pensado de dónde salió, en virtud de qué capricho existe este ERROR 737, presentado por nosotros como si fuese un estigma científico, más cercano a la informática que a la ciencia psiquiátrica; pues este ERROR, se informa en el primer post, palabras más, comillas menos, trata del estadio último de la desesperación humana, del exacto momento en que se comprende que todo este planeta es una enorme pelotudez; y que nosotros también somos otra gran pelotudez, divina acaso, no se sabe, pero pelotudez al fin. Semejantes aseveraciones, no obstante, fueron estudio de infinidad de académicos, a lo largo de la historia humana, quienes, por cuestiones de respeto o miedo, o en función del temor de ser rechazados por las innumerables comunidades científicas que poblaron y pueblan el mundo, en lugar de escribir "pelotudez" en sus ensayos o tesis, esgrimieron sinónimos más amigables, epítetos no tan directos ni manoseados por el vulgo, que adornaron el excremento de la existencia con sutiles aromas de doncella. Sartre, Hegel, Kierkergard, por nombrar algunos de los grandes enfermos mentales que exploraron estas "ciudades ocultas de la condición humana", se tomaron el trabajo de pulir su prosa para contarnos que a la tibia humanidad le atormenta el problema de la muerte, de dios, del sentido aparentemente velado de la existencia, cuando en realidad, sólo con describir la sensación que a todos nos embarga los domingos por la tarde (en general, si llueve), habría bastado para resumir con mayor precisión esta idea tremenda del ERROR 737. Tuvimos que esperar hasta el año 1978, en que la honestidad y lucidez del preceptor Julio Argentino Uno, catedrático suplente del Instituto Lanusence de Computación, relacionara los estados ontológicos del hombre con la teoría del lenguaje de Noam Chomsky, estableciendo a partir de allí una tabla de ERRORES en el cual el 737 es la categorización última de una serie de estadios anteriores que conllevan el germen del sinsentido humano en todas sus variantes y manifestaciones. Próximamente, más información.

sábado, 4 de agosto de 2007

Start Here


En algún momento de tu vida, una tarde cualquiera, cuando llegues a tu casa y te tires en el primer sillón, como lo haces a diario, una revelación se hará patente en tu percepción del mundo: nada tiene sentido. Ese es el ERROR 737. Si erráticamente has arribado a este blog, no es casualidad: el ERROR 737 comenzó a manifestarse en tu vida. Mañana, (hoy, si todavía no es de tarde), en tu casa, prepárate: búscate un sillón y verás, en la penumbra de tu living, como el mundo, efectivamente, ha perdido el más mínimo de todos los sentidos posibles.