
El lector curioso que hasta aquí haya llegado, recargado con el debido bagaje prolegomónico de los posts anteriores, cansado, además, de tanta digresión innecesaria, en general aburrida, sin un sentido claro de arribo, sin orden ni síntesis, querrá, no obstante, más por disciplina literaria que por genuino interés, saber, someramente acaso, no sea cosa que se complique mucho, qué carajos pasó con ese sujeto, a todas luces llamado Julio Argentino Uno, al momento de ingresar en la galería de la calle Tacuarí, aquel lunes 4 de agosto del año 1978, a las 7:37 de la mañana, paraguas en una mano, libro de Chomsky en la otra, etcétera, etcétera, etcétera. Pues bien, ante todo hay que decir que, en rigor de la crónica, o a la sazón, no lo sabemos. Sólo podemos prejuzgar, ensamblando testimonios, aderezando con la imaginación los puntos oscuros del relato, ora de uno, ora de otro entrevistado, sea antes la señora de la ropa, sea el diario mismo del sujeto de nuestro estudio, después; en fin, ya iremos viendo cómo, a medida que el señor Roru vaya recopilando datos dispersos, la manera, el método cabría mejor decir, con el cual develaremos, de punta a punta, sin resquicios argumentales ni incoherencias lógicas, la vida, obra y ERRORES de este tal Julio Argentino Uno. Mas, sería posible hacer ahora, aunque sólo en un sentido provisional y bocetario, un dibujo, cierto borrador, un mapa tentativo de esas horas en las que este hombre, cotidianamente, los días hábiles de cada semana, transcurre recluído en una pequeña oficina de la galería, en el primer subsuelo, nivel que, para decirlo rápidamente, es una porquería, abandonado como está, constituído por doce oficinas en desuso, habitadas por las ratas y otras alimañas, con la excepción de la suya, la trece, que ocupa él, solo y tranquilo, soberano absoluto de ese imperio subterráneo. Debería el lector curioso, hacerse una escapada hasta dicha galería de la zona de Constitución, ciudad de Buenos Aires, Capital, para comprobar por sí mismo cómo las palabras que aquí podamos adicionar en concepto descriptivo nunca lograrían conmover tanto el alma de quién, simplemente, vé. Pues, si bien hoy el tiempo y el mundo son otros, no obstante, aquella galería ha quedado rezagada, fiel a su propia decadencia de antaño, empecinada en una cifra caduca que sólo nosotros, tenues investigadores de la presente historia, tenemos la voluntad de calcular. Así es que todo está como antes en aquel antro del subsuelo, petrificado, con la salvedad, claro, de la oficina número trece, hoy cerrada, aunque mejor sería escribir tapiada, a secas, clausurada, en cuyo interior apenas podemos entrever por alguna rendija alcahueta ciertos objetos condenados a una especie de eternidad privada, solitaria y oscura; eternidad o, por qué no, obsecuencia, empecinamiento, ese simple y trágico devenir de las cosas inanimadas sin dueño, que están, que quedan, que permanecen impasibles a la vida y a la muerte, a la vejez de los que en algún período fueron jóvenes y las poseyeron. Un cenicero con el logo del EAM 78, el ente autárquico mundial, hoy canal 7 argentina, el manoseado ejemplar del doctor Chomsky, abierto en su primer tercio, el paraguas, cerrado, por supuesto, a un costado del escritorio, en ángulo de estrictísimos setenta y cinco grados en relación al eje cartesiano X., un teléfono a disco, cuyo tuvo fue descolgado vaya a saberse cuándo y por qué, de vaquelita negra, perteneciente a la vieja compañía de telecomunicaciones ENTEL, son algunos de esos tesoros de museo que la rendija nos enseña, dependiendo, naturalmente, del ángulo en que observemos. Muñidos a estos datos concretos más otros testimoniales -el diario de Uno, el relato de la señora Portolei-, estamos en condiciones de reconstruir, no sin reservas aunque sí con fundamentos, un día cualquiera, general, hábil, desde luego; en otras palabras, una jornada completa de trabajo del protagonista. Pero, dejando a una parte la justificada ansiedad del lector, a estas alturas indudablemente podrido de leernos, debemos también informar que este arduo prolegómeno ha sido escrito sólo para dejar sentado en actas que estamos listos, prestos, cuando la situación y las necesidades del señor Roru lo crean conveniente, a narrar los primeros trazos del boceto, a trazar las iniciales pinceladas de este retrato de Julio Argentino Uno. Y, por ahora, ¡que no se diga nada más!












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