
Suponiendo que nos fuese posible contemplar la esquina de Garay y Tacuarí cierto lunes de la década del ´70, alrededor de las 7: 37 horas de la mañana, tiempo de Buenos Aires; más precisamente, el lunes 4 de agosto de 1978, para no pecar de inexactos, veríamos, imbuido en una multitud de peatones más o menos esperables, normales, gente de la calle, oficinistas, etcétera, a un hombre pequeño, contrahecho, de cabello negro, engominado, peinado hacia atrás, víctima de una calvicie incipiente, de unos treinta años, cruzar la avenida Garay en dirección al centro, esto es, por Tacuarí hacia Cochabamba. Lleva, si prestamos atención a su mano derecha, un manoseado ejemplar de un libro de Noam Chomsky, el lingüista, publicado en idioma inglés, cuyo titulo original es Logical Structure of Linguistic Theory; esto es, para que el lector evite el trabajo de buscar biografías, la tesis doctoral del autor mencionado, inédita hasta el año 1975. En la izquierda, en cambio, el hombre sujeta un paraguas cerrado con cuyo extremo metálico toca, ora sí, ora no, determinadas baldosas de la vereda por la que camina, con paso pausado y metódico. Parece, a simple vista, un modo cualquiera de transportar ese objeto ridículo en un día de sol, pues el lunes 4 de agosto de 1978 no llovía, mas, si hubiésemos tenido la posibilidad de observar a este sujeto en los días anteriores, o bien si se nos diera el permiso para contemplarlo en los subsiguientes, nos hallaríamos ante idéntico cuadro: el hombre caminando, el paraguas cerrado (aunque cayera un diluvio), golpeando con su extremo metálico las baldosas, ora aquí, ora allí, acción que bajo ningún aspecto es azarosa ni inconsciente, sino, por el contrario, una secuencia premeditada, precisa, estudiada durante los últimos 3 años, la cual repite, día tras día, obligado por la certeza sobrenatural de suponer que, de no hacerlo más, algo terrible y espantoso le sucedería a él, a su madre y al universo entero. Viste, como podemos ver, saco de lana y pantalón recto marrones, provistos de línea diplomática, es decir, esas rayitas finas que se despliegan en las prendas de vestir de arriba hacia abajo, verticales, más bien oscuras y delgadas y que confieren al conjunto cierta distinción; aunque, en este caso, tal detalle pareciese producir más bien el efecto contrario, un aire payasesco, lacayo, como de disfraz. Calza, para colmo, unos zapatos negros, atónicos para la ocasión, angostos y alargados que, no obstante, él sacrifica a la estética en función de su propia altitud, pues lo elevan 7 centímetros más allá de su metro cincuenta y siete. Por último, si nos pusiésemos a su lado y lo contempláramos de perfil, advertiríamos su joroba: una marcada protuberancia semicircular pujando por escapar de esa espalda endeble, una suerte de mochila interior que, ante el desconcierto de los médicos y ortopedistas, iba creciendo año tras año a una celeridad y proporciones jamás vistas por la ciencia. Este hombre, cuyo rostro por ahora nos hemos reservado mirar, cuyos atributos de carácter, personalidad, temperamento, rasgos metafísicos y profundas obsesiones aún -y a propósito- me he cuidado de dar a conocer, es el boceto de Julio Argentino Uno, aquel que en este blog nos desvela, el ser cuya biografía intento reconstruir por boca y recuerdos de terceros, a través de las equívocas páginas de su diario personal hallado en un departamento de la calle Tacuarí y, desde luego, por su excéntrica tabla de ERRORES metafísicos. Ahora es el momento de alejarnos de él, pues está ingresando a una galería, esa que conecta, a la altura del 1300, a Bernardo de Irigoyen con Tacuarí. En esa galería se queda, ya no sale hasta después de las 7 de la tarde. Y nosotros tenemos otras cosas que hacer.












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