martes 21 de agosto de 2007

Julio Argentino Uno (II)

Desgrabación:
Susana Moldes de Portolei (vecina) - Martes 14, agosto, 07 - Fragmento II.


"Lo recuerdo perfectamente porque una semana antes acabábamos de mudarnos, mi esposo y yo, al pequeño departamento de la calle Tacuarí; eso fue el 20 de diciembre del 49, una tarde bochornosa, de un calor atípico e insoportable. Entre pitos y flautas, habíamos llegado con el camión de la mudadora como a las tres, pero con un sol de mediodía, radiante y abrasador. Y acá empieza la historia: en la entrada del edificio, una mujer nos miraba ir y venir, entrar y salir, subir y bajar del departamento al camión, del camión al departamento, imbuídos nosotros en todo ese despelote de muebles y porquerías que uno siempre arrastra en las mudanzas. Tenía, cómo decirle, además de una expresión sombría y ausente, embotada, lejana, una panza descomunal, un embarazo de catorce meses, discúlpeme usted la exageración, pero yo nunca había visto hasta entonces a una mujer con el vientre de ese tamaño; y, para colmo, estaba sentada en el primer peldaño de la escalera, con las piernas abiertas, un poco recostada hacia atrás, los codos apoyados en el suelo; una postura, señor Roru, absolutamente llamativa, rara, desagradable, desenfadada, poco femenina, para una persona que, paradójicamente, iba a ser madre en cualquier momento. Parecía, a ver cómo le explico, un animal herido, eso, una hembra ultrajada, había un no sé qué de infrahumano en toda su actitud. Si algo destacaba en ella era cualquier cosa menos felicidad. Bueno, es lógico, una semana después, iba a ser la flamante madre de ese reverendo hijo de puta. Así fue mi primer contacto con Edelsa, la madre, mire usted qué nombre, Edelsa, parece la razón social de una empresa metalúrgica, o de agroquímicos, no sé, un grupo de siglas, como SEGBA, déjeme de embromar. Edelsa, permítame la digresión: Empresa De Electricidad Latinoamericana, Sociedad Anónima. ¿Vé? No me diga que no, Roru. Un horror. Dígame si un nombre así no es capaz de desviar el destino de cualquier persona hacia la fatalidad. ¿Y sabe cómo se llamaba el padre, el que se tiró por el balcón y rebotó contra una bandera? Olgo. Olgo Uno. ¿Cómo es posible? Ni se puede pronunciar. Ese tipo estaba cagado de antemano; como ella, Edelsa. Pero bueno, perdón, le sigo contando. Yo no me olvido, pese al trajín de la mudanza, la actitud general de esa mujer, sentada a un costado de la puerta de entrada al edificio, como escapada del Moyano. Me ha quedado grabada en la cabeza. Mi marido, que para beneplácito de la omisión es un imbécil consagrado, también lo advirtió. Me dijo que deberíamos llamar a la policía o a la ambulancia, porque la mujer, encima, estaba sucia, mal vestida, abandonada; despedía un olor, una especie de hedor rancio, a queso podrido, el mismo que tiempo después el hijo... ah qué asco, ¡no soporto acordarme ahora lo que sufrimos por el olor! Perdone usted, no quiero desviarme: cada tanto miraba a un punto fijo, lejano, ignorando por completo el trajín de su alrededor, el lío de la mudanza; había un algo espantoso en su cara, inexpresiva, lívida, en esos ojos negros y vacuos que penetraban la nada de la vereda de enfrente. Y cada tanto, señor Roru, murmuraba: se le movían los labios, velozmente, como si recitase algún versículo; yo no esuchaba, no podía entenderle desde la calle, pero la mujer hablaba sola, o desvariaba. En ese momento qué me iba a imaginar, qué nos íbamos a imaginar con Alberto, mi marido, que aquellas palabras eran solo el preámbulo de un monólogo que después amplió, con los años, hasta convertirlo un una tortura oral constante con el que se valía para quejarse del hijo y con el cual, incluso, al propio hijo torturaba. Porque, créame, ella también ayudó a convertirlo en lo que fue, en esa porquería que ya le dije, en esa cosa abominable llamada Julio Argentino Uno. Y no quiero decir con esto que Edelsa no sufrió, no, por el contrario, sufrió como una mártir. Pero convirtió su dolor en maldad, el desprecio particular al vástago en un odio general y sistematizado contra el universo entero. Aunque eso fue más adelante, tiempo después, cuando ya todos sabíamos que lo mejor hubiese sido matarlo ni bien nacido; y preferiría dejar aquí, hacer una pausa, usted sabe, señor, me pongo nerviosa al contar, omito detalles, pierdo el hilo de la crónica. Y estoy cansada. Si le parece... apague el grabador".