sábado 11 de agosto de 2007

Roru (I)


Me junté con M. porque mi vida se iba a la mierda. Esa es la verdad. Hace casi un año que vivimos juntos; y también hace casi un año que muero solo, en secreto, privado del placer de tener una existencia desprogramada, aleatoria y plagada de licencias. Como contrapartida, diré que M. es la mujer que andaba necesitando (no buscando) y que apareció así, de pedo, casi volando, con el azar del viento si puedo expresarlo así, rindiéndole honores a su escaso peso y figura menudita; me llegó volando y se enganchó en alguna rebaba de mi ser. Eso fue. Se enganchó y se enredó y ahora estoy aquí escribiendo este texto, con ella que va y que viene de mi estudio a cualquier otra parte de la casa, por lo que debo cambiar de aplicación casi permanentemente (porque este blog es secreto), pinchando en el botón de la "bandeja de entrada" cuando está cerca, volviendo a "blogger" cuando se aleja. No sé por qué, pero M. tiene cierto atributo del barrilete, va con el aire, es etérea, transparente y tan liviana que a veces, cuando caminamos de la mano por la calle, pienso que se me puede volar, que se me puede ir al cielo, como esas bolsitas de supermercado que, de tanto en tanto, sorprendemos, vacías, dando piruetas, surcando por lo alto el smog de la ciudad. Pero M. es también liviana en todos los demás aspectos. Es eso: una bolsita de supermercado. Y debo decirlo así, a rajatabla, esquivando la culpa, porque es difícil escribir mal de alguien a quien, no obstante, quiero. Me pregunto, cada vez con mayor desesperación, cuánto tiempo más seré capaz de tolerarla: su liviandad intelectual, su ligereza de criterio, su ausencia casi absoluta de pensamiento crítico. Para colmo -y esto parecerá una estupidez, pero me enerva hasta el paroxismo- tiene una manía compulsiva por controlar todos y cada uno de los gastos: los de esta casa, los de la otra que usamos los fines de semana, los del auto, los del negocio que antes era mío y ahora ella administra mejor, como si fuera de ella, los misteriosos descuentos de OSDE, los abusivos de la DGI; por no mencionar la auditoría de ese otro tipo de brevísimas facturas: las de la autopista, que uno tira automáticamente por la ventanilla, las del estacionamiento por horas, que a uno ni siquiera se le ocurre reclamar al sereno, etcétera. Y se ha armado una legión de biblioratos en los que archiva toda esa papeleta inútil; y yo, que llego a casa rendido con el único fin de descansar, con la idea de permanecer tranquilo un rato, después de pasar todo un día intentando generar ese paquete de dinero mensual que ella matemáticamente administra, soy sometido a intolerables interrogatorios económicos; o advertido de futuros y terribles vencimientos, como el de la luz, las expensas, o el gas. Y si, por ejemplo, cierta expresión de fastidio conquista mis facciones, o una mirada torva se adueña de mis ojos, para qué, con qué energía se me previene y advierte. Soy inmediatamente culpable de cierta irresponsabilidad con la que nunca tuve problemas. Yo he vivido más de 40 años sin biblioratos, ¿por qué ahora debo empezar con esto, a ocupar el poco tiempo libre que me queda ordenando papelitos, cotejando presumibles aumentos, detectando irregularidades en el consumo de luz, de gas, de no sé qué herramienta que se le compró al jardinero? No. No soy feliz. Pero tampoco lo soy en la soledad. Hay un término medio inalcanzable que está entre el vivir y el no vivir con alguien, el "sinvivir", diríamos, la utopía del amor; ese vínculo que podría sostenerse apenas durante el noviazgo, donde cada cual tiene su casa, su cama y sus problemas domésticos independientes. Y eso que no he hablado de hijos (de los suyos). Y eso que he omitido las aberraciones políticas (las suyas). Y eso...