Desgrabación: Susana Moldes de Portolei (vecina) - Martes 14, agosto, 07 - Fragmento III.
Es imposible que yo le hable de ese hijo de puta sin antes introducirlo en el universo progenitor que lo ha creado; por eso tanta sanata, tanto verso alrededor de sus padres, estimado Roru. Olgo y Edelsa, nada más ni nada menos. Ya le hice comentarios acerca de sus nombres, eso dejémoslo así. Pero debe saber lo que hacía el padre, la profesión, digo, a lo que se dedicaba. Era ferroviario. Usted dirá, bueno, y qué. Y qué, nada, señor. Porque Olgo Uno era un ferroviario adicto, acérrimo, consuetudinario, mesiánico, promotor de los trenes y sus destinos, utilidades, usos presentes, usos futuros; y ni se imagina lo que sabía; era una enciclopedia de la estadística; kilómetros de vías por sector, sistema de ramales, topologías; cantidad de durmientes promedio por kilómetro real; metales, aleaciones de rieles; conocía como un operario metalúrgico el origen, proceso de fabricación, fatiga del material, en definitiva, todo el paquete de atributos, características y prestaciones de cada partida adquirida por el estado argentino para la implementación, ampliación o reparación de las líneas ferroviarias de todo el país. Era un loco, me entiende, un puntilloso, un fanático. El amor, decía, era un conwoy corriendo al infinito. Y lo decía con los brazos en alto, lo gritaba, señor, en cualquier parte, en la casa, hablando con su familia, en un restaurante, si a alguien se le ocurría tocar el tema; en la calle, en tanto compraba el diario. Tenía una teoría, un cálculo que había hecho; no, un algoritmo, éso era; por cada metro de vía construída por el mundo, decía, un promedio de no sé cuántas personas desocupadas, creo que 120 o algo así, tendría trabajo. ¡Vea la dimensión del disparate! No hace falta ser matemático para comprender la inviabilidad de semejante pelotudez. El planeta convertido en una pelota de madera y metal, ¡con trenes por todas partes! Usted ni se puede imaginar lo que sucedió cuando, para colmo y en contra de sus pronósticos, sacaron de circulación a los tranvías en la capital. Hizo pancartas, se ató a un semáforo en la 9 de julio e Independencia, encaramado sobre dos durmientes en cruz. Tuvieron que llevárselo en la carretilla de un botellero conocido del barrio, al que Edelsa adornó con unos pesos, a grito pelado, porque la policía no encontraba la forma de apaciguarlo salvo pegándole un tiro; en fin, vaya usted dándose una idea. Y en medio de este kilombo que duró como siete días, la pobre Edelsa, que le alcanzaba la comida, la ropa, un desodorante, un tacho en el que cagaba, porque el tipo no se movía del semáforo, entiende Roru, fue todo un papelón, con periodistas y los canales de televisión incluídos. Hay un artículo en la Revista Gente del mes marzo de 1963 en donde se cuentan los pormenores de esta historia, por favor verifíquela. Ahí lo va a ver a Olgo atado al semáforo, crucificado entre durmientes. Y lo increíble es que el tipo no era otra cosa que un simple operario de ferrocarriles, cobraba dos mangos, laburaba doce horas por día, a veces más, lo explotaban como a cualquier peón, de sol a sol; y resulta que era feliz con toda esa mierda de trabajo que tenía; en rigor, era lo único que lo hacía feliz o, al menos, solo cuando hablaba de trenes se le iluminaba la cara, parecía interesarle de alguna manera el mundo, porque después, señor, era un pobre desgraciado, daba la impresión de ser una persona abrasada por la vida, quemada, un hombre alienado, desinteresado del universo circundante, monotemático, no sé si soy clara. Nunca me voy a olvidar de Olgo Uno, Roru. Verlo a él era temer por la propia cordura. Una sensación parecida a la de esos domingos lluviosos por la tarde, en donde se duda de la fe, de la alegría, cuando la felicidad parece una isla lejana, rodeada de océanos de dolor. Es importante tener en cuenta al padre. Porque Julio Argentino es también el padre; de alguna manera logró perpetuar en el hijo todo un patrimomio de incoherencias que éste llevó hasta la peores exageraciones. Y así terminó el hijo de puta, con el perdón de Edelsa. Recuérdeme seguir hablando del padre.












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